Un papelito dejado al azar sobre una mesa de trabajo, un paño de cocina rasgado, un hueco en la acera. Los cuadros de esta serie de Ivana Ferrer nos hablan del tiempo y de cómo este configura las cosas. No se trata del mero paso del tiempo, sin embargo, sino del modo en que este entra en nuestra experiencia. No del tiempo en sí, sino del tiempo vivido, uno que existe como tal, en buena cuenta, gracias a la memoria, puesto que son las estructuras de la memoria las que dotan de sentido, las que estructuran nuestra experiencia del tiempo.
El recuerdo tiene sus caprichos. Se enfoca en esto y deja el resto como fondo mudo, uno que, sin embargo, tiene sentido precisamente en relación con aquello que centra nuestra atención. Así, un papelito olvidado es el vértice desde el cual asimos la mesa sobre la cual descansa y, con ello, el recuento de lo que allí aconteció para que lo dejáramos –ahora que lo recordamos– olvidado. No es necesariamente lo más importante (muchas veces es todo lo contrario), pero es la llave que nos abre esa puerta de lo que ya pasó y no está más (salvo en nuestro modo de evocarlo).
Esto podría sonar a una suerte de búsqueda del tiempo perdido, pero con la diferencia de que no son las grandes historias de nuestra vida las que arroja la pesquisa, sino detalles mínimos, nimios inclusive, y que, por eso mismo, llaman nuestra atención sobre el modo en que el tiempo, a través de nuestra percepción de la materia, estructura las cosas. Acerca del modo en que nuestra memoria se vuelve la textura de las cosas.
Como huellas con que el tiempo marca las cosas, las texturas son materia sometida al tiempo. Pero, y eso es lo que los cuadros de Ivana evocan, materia y tiempo vividos o, si se quiere, lo vivido intuido a partir de sus marcas mínimas, aquellas con las que la memoria opera.
En una suerte de imagen de espejo de esta búsqueda, la serie de fotogramas cambia el eje de la búsqueda: no se trata ya de situaciones encontradas, sino de formas creadas más o menos azarosamente: una disposición circular de objetos traslúcidos o la efímera vida de una burbuja que se han convertido en huella sobre el papel fotosensible. Y, sin embargo, este otro eje sigue siendo una coordenada del modo en que la huella del tiempo, convertida en textura, nos habla del trasvase de lo temporal a lo material.
No podemos asir el tiempo, ni siquiera en ese intento vano que es la memoria. Lo que aquí nos ofrece Ivana es esa constatación, pero también la esperanza de que, mediante la investigación visual acerca de lo que existe y su dislate en el tiempo, revelamos una dimensión crucial del modo en que nos relacionamos con lo que existe. Es una pequeña trampa, es cierto, pero la única que nos permite rozar lo fugaz en su permanente huída. Y hacerlo nuestro.
Alejada –aunque sólo en parte– de la aguda indagación simbólica del acto de comer, Ivana Ferrer propone en territorios una aproximación distinta a su obra a partir del proceso mismo de la creación artística.
Una primera cualidad de la muestra la tiene la propia acción de quien recorre la sala. ¿Qué distancia se necesita para distinguir los elementos que la artista ha querido representar en sus obras?, será la primera pregunta que se haga el espectador. Antes que una razón física, los límites en territorios nacen de las tonalidades –comprensibles, de por sí– que se aprecian en los cuadros, pero también –y sobre todo– de las formas que, desde lejos y de cerca, intuimos, y que aquí, a su vez, actúan como metáfora y consecuencia. Esta idea se torna aún más clara y sugerente en la serie de cuadros de superficies negras, donde a través de las líneas la artista define el espacio –o la cartografía, o el territorio– en el que materializará su propuesta.
El anterior párrafo intenta explicar la segunda –y tal vez más importante– cualidad de territorios: El proceso. A diferencia de sus anteriores muestras, Ivana ha decidido desarrollar una propuesta a partir de fragmentos –¿no sería mejor llamarlos ingredientes?– de imágenes de alimentos, elaborando conceptos que hablan de una intromisión “concertada” en su trabajo. Todo lo que hay en las obras son, pues, lo que ella quiere decirnos en detalle: Que nos acerquemos a sus cuadros con la libertad que, para nuestra suerte, nos otorga el arte; a través de la simpleza de unos lienzos expuestos bajo una luz artificial y despoblados de complejos atavíos e innecesarias paradojas. Todo lo que hay es, entonces, la propuesta de una artista que ha querido revelar cómo una idea puede abrirse paso entre miles de interrogantes. Cómo el laberinto en la mente de un creador puede trazarse de forma tan coherente para el resto. Para nosotros, que no participamos en todo lo que eso conlleva. Pero que estamos aquí, ahora…